LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE DE TU VIDA
¿Dónde Pasarás La Eternidad?
La vida está llena de decisiones. Dios nos ha dado la capacidad de tomar decisiones dentro de los límites de su creación. Como alguien dijo sabiamente: “Tu vida será el resultado de las decisiones que tomes”.
Sin embargo, hay una decisión que afectará todas las demás decisiones que tomes en esta vida. Y la verdad es que esta decisión determinará dónde pasarás la eternidad.
La eternidad comienza para nosotros cuando dejamos esta tierra, cuando nuestro cuerpo físico muere. Cada persona tendrá que presentarse delante de Dios para ser juzgada. Esto es inevitable.
Hebreos 9:27-28 nos dice:
“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”.
En el libro de Juan, la Palabra de Dios nos dice lo siguiente en el capítulo 3, versículo 36:
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”.
La Biblia nos enseña que solamente hay dos opciones cuando se trata de la eternidad. Podemos creer en el Hijo, Jesucristo, o rechazar al Hijo.
El resultado de estas dos decisiones también es muy claro. El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rehúsa creer en el Hijo de Dios no verá la vida; de hecho, la ira de Dios permanece sobre él.
Creer en el Hijo significa creer todo lo que la Biblia nos enseña acerca del Hijo de Dios y la razón por la que vino a este mundo. Aquellos que no creen en el Hijo rechazan lo que la Biblia enseña acerca de Jesucristo.
Entonces, ¿qué dice la Biblia acerca del Hijo de Dios?
En Juan 1:1-3 leemos: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”.
Después, en el versículo 14 del mismo capítulo, leemos: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.
Juan, uno de los apóstoles del Señor, escribió para dar testimonio de Aquel a quien conoció personalmente: Jesucristo.
Él nos dice que Jesucristo es el Hijo de Dios y que también es Dios. Como el Verbo, Jesucristo reveló a Dios a toda la humanidad de una manera visible y personal.
2 Corintios 5:21 dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”.
1 Pedro 2:21-22 dice: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca”.
Todos los seres humanos que han entrado al mundo, con excepción del Señor Jesucristo, han pecado y son pecadores. Pecar significa quebrantar la ley de Dios y no alcanzar su gloria.
En el capítulo 3 de Romanos leemos acerca de la condición pecaminosa de toda la humanidad.
Romanos 3:10-20 dice: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos”.
En el versículo 23 del mismo capítulo, la Biblia declara esta triste realidad: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.
Es fácil compararnos con otras personas y pensar que estamos bien, que somos buenas personas. Pero cuando comparamos nuestros pensamientos y nuestras acciones con la Palabra de Dios, inmediatamente descubrimos que hemos quebrantado su ley. Todos hemos pecado y continuamos pecando.
A causa de nuestro pecado, estamos separados de Dios y cada persona merece su juicio.
Isaías 59:1-3 nos dice: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua”.
Nuestro problema es el pecado. Desde el principio, Dios les advirtió a Adán y Eva que el resultado del pecado sería la muerte, es decir, la separación de Dios. En Romanos 6:23 leemos: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.
En este versículo vemos que la vida eterna es un regalo de Dios que se recibe por medio de Jesucristo nuestro Señor. Esto nos lleva a una tercera verdad acerca de Jesucristo.
En Juan 3:16 leemos: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
La misión de Jesucristo fue hacer posible que no pereciéramos, sino que tuviéramos vida eterna.
De hecho, el corazón de Dios se revela en 2 Pedro 3:9, donde leemos: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.
Dios nos ama y sabe que el pecado ha arruinado a toda la humanidad. Por eso envió a su Hijo. Él no quiere que nadie perezca. La Biblia nos dice claramente que Jesucristo vino a buscar a los perdidos.
Mateo 18:11 dice: “Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido”.
Lucas 19:10 también declara: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.
¡Qué verdad tan maravillosa! Porque Dios nos ama, estuvo dispuesto a morir por nosotros.
Romanos 5:8 dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.
Esto nos lleva a una cuarta verdad acerca de Jesucristo.
1 Pedro 3:18 dice: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu”.
2 Corintios 5:21 dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”.
Isaías 53:4-6 dice: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”.
La obra de redención de nuestro Salvador quedó completa por medio de su sacrificio en la cruz. Él pagó el precio por nuestros pecados y completó la obra necesaria para nuestra salvación.
1 Juan 2:2 dice: “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.
Mateo 28:5-7 dice: “Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho”.
1 Corintios 15:3-4 dice: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”.
¡Jesucristo está vivo y viene otra vez! (Tito 2:13). Después de cuarenta días (Hechos 1:3), ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios el Padre (Hebreos 1:3; 12:2).
Su resurrección demuestra que Él es el Hijo de Dios y que resucitó para nuestra justificación (Romanos 4:25).
Marcos 16:19 dice: “Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios”.
Hechos 1:2-3 dice: “Hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios”.
Hechos 1:9-11 dice: “Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”.
Entonces, ¿qué significa todo esto para nosotros?
Romanos 3:10 dice: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno”.
Romanos 3:23 dice: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.
Romanos 6:23 dice: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Toda persona que viene a este mundo merece la muerte a causa de su pecado. Es una deuda que debe pagarse. Pero Dios ha provisto una manera para que seamos salvos. Jesucristo pagó el precio de nuestros pecados cuando murió en la cruz. Por eso, toda persona puede recibir el regalo de Dios: la vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Así que la decisión más importante que una persona puede tomar es creer en Jesucristo y recibirlo como su Salvador.
La Biblia nos dice que Dios demostró su amor por nosotros cuando, en que siendo aun pecadores, Jesucristo murió por nosotros (Romanos 5:8).
Dios te ama y desea que recibas el regalo de la salvación que Jesucristo compró para nosotros.
Puedes recibir ese regalo al creer de corazón en Jesucristo y confesarlo como Señor y Salvador.
Romanos 10:9-10 dice: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”.
La Palabra de Dios nos enseña que no es simplemente una oración repetida la que nos salva, sino la fe genuina del corazón en todo lo que la Biblia enseña acerca del Señor Jesucristo y de nuestra condición como seres humanos.
¿Crees en Él? ¿Has invocado el nombre del Señor para ser salvo?
Romanos 10:13 dice: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”.
Si todavía no lo has hecho, acude al Señor ahora mismo. Clama a Él, creyendo y confiando en Él para tu salvación.
Si hoy has confiado en Jesucristo para tu salvación, por favor, comunícate con nosotros al correo electrónico lbcsnowhill@outlook.com. Nos encantaría celebrar contigo la decisión más importante de tu vida.